martes, 20 de junio de 2017

Despierto

Los invoco, porque si yo los puedo escuchar ustedes también a mí. 
Y ¡vaya si los escucho¡ son suspiros y risas lejanas, como susurros graves que se confunden con el ambiente.
Por momentos me aterran y me dejan indefenso pero por otros sólo me dejan triste y sólo.
Les digo “!Basta¡ ya no me molesten, no quiero saber de ustedes. Paso de sus alientos acres, de sus sombras deformes en los rincones. Ustedes no me tocan, no pueden... No”
Si lloro no es de miedo... es de impotencia, quiero dormir, descansar sin verlos, sin sentir sus lenguas y sus barrigas frías y húmedas. Ya no sé qué es peor, si los sueños que me despiertan lleno de horror o la realidad temerosa de cada detalle.

Algunas noches me despierto paralizado sintiendo sus helados pies en mi pecho, sus dientes hacen ruidos al apretarse y, por momentos, logro ver algo negro y borroso que se inclina hacia mí. En esos momentos, el frio me cubre y siento que nada más en el mundo me podrá hacer feliz jamás, mis días de sol terminaron y nunca nadie va a poder amarme. Me siento sucio, parte de ellos, y hasta con deseos de hacer daño, de matar y morder, desgarrar piel tierna y experimentar la sangre en mi boca. Escucho gritos desgarradores para despertar y darme cuenta de que son mis alaridos. En esas noches la mañana me encuentra temblando en un rincón del cuarto aun con sus marcas en mi pecho.
Y me cuesta diferenciar lo real de lo que no existe, al menos en este plano. 
Los escucho, en este momento los siento reírse de mis pensamientos, saben que jamás ganaré y que cuando muera nadie sabrá por qué.

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