viernes, 4 de marzo de 2016

La muerte del indio.

La luna trataba de enfriar la tierra que el sol con tanto esmero calentó durante el día. El viento barría las hojas muertas que raspaban las piedras y sacudía las vivas creando un murmullo que ensombrecía y adormilaba al indio, parecía que no solo la pérdida de sangre causaba eso.
Sus ojos se entornaron en el cielo, negro, limpio, expectante. El indio se sintió observado, por un ser enorme que lo miraba con amor a la espera de recibirlo; de limpiarlo y abrazarlo.
Tomo la mano de su india, la morena mujer que, con esas hermosas caderas, le había dado tres hijos. ¿Acaso sus ojos dejaron de reflejar amor? Eso jamás podía ser real. Quiso consolar a la mujer de su vida, abrazarla y respirar aquella pureza que su piel desprendía como si de una rosa se tratase. La miro a los ojos marrones que parecían titilar en la noche. Lloraba, obvio que lloraba, su hombre se moría, y por aquella herida se escapaban todos sus sueños y esperanzas. Quedaba sola, desprotegida y fría. Podía notar el vacío que se estaba creando en sus ojos. Ella seria fuerte para con sus hijos, pero por dentro lo extrañaría en cada mañana y cada noche y aun cuando su cuerpo se marchite lo pensaría con cada respiración.
Apretó su pequeña mano, y junto a la suya fue como si dos galaxias se unieran, dos mundos diferentes que mediante una simbiosis perfecta se complementaban. Su áspera y curtida piel sujetaba la delicada y fina tez de ella. Notaba como temblaba, quería ser fuerte, mostrar que era dura frente a su hombre que moría. Pero el dolor le sacudía y derrumbaba su mundo seguro en el que vivía.
A su izquierda apareció una anciana vestida con ropas de colores, sus ojos hundidos entre un millar de arrugas los miraba solemne. Dando importancia a la escena. Reconociendo la fisura en el tiempo que aquello representaba para la joven. Sus años de shaman la habían preparado para despedidas y encuentros, peleas y olvidos.
La anciana se arrodillo junto al indo que había comenzado a temblar. Todo el lugar estaba vacío, la tribu sabía lo que ocurría y respetaba la intimidad de la muerte. La noche acompañaba estando calma. Apoyo su delgada mano en la frente mojada de aquel indio y cerró los ojos. Sintió fuego y que el tiempo terrenal se le escapaba como arena en la mano.
La vieja se agacho junto al indio que temblaba de forma cada vez más incontrolable.
Se encontraban solos entre los árboles que murmuraban, únicos observadores de aquel acontecimiento.
La mujer introdujo su huesuda y arrugada mano entre sus amplios ropajes para luego extraer una daga hecha de hueso, la sostuvo en su mano izquierda y tomando la  de la india la miro a los ojos.
Aquello era una pregunta, un reto. No a la india sino a su esencia, a la parte más íntima y profunda de su alma. Los ojos grises de la vieja penetraron en los cafés de la india y sintió la falta de duda, la seguridad. Vio la luz de una mujer que podría vivir eso y mucho más. Aquellos ojos no dudaban ni temblaban, sino que latían, vibraban.
La india abrió su mano y la vieja paso el fino filo de la daga por su palma. Al instante comenzó a brotar una sangre del mismo color oscuro de la del indio y la luna la iluminaba de la misma manera dándoles un aspecto plateado.
La india respiro profundo, una pequeña parte de ella dudaba. La parte de la tierra miraba con duda lo que estaba por hacer, y quiso infundir miedo. Crear imágenes donde aquello no funciona y su apuesta fallaba. Donde ella moría con su indio dejando a sus hijos huérfanos, solos y abandonados. Donde su amor no era más que una ilusión.
Cerró los ojos y aparto aquellos breves pensamientos. Aquel era su compañero y eso era real, eterno y sobrepasaba la tierra. Aquello resultaba de todos los elementos fundidos, fruto del viento de primavera, de los aromas íntimos, los besos entre lágrimas. Ojos entre las hojas verdes, pies descalzos llenos de barro. Dolores y llantos, gritos y risas.
La vieja tomo la mano herida de la india y mientras la sostenía comenzó a cantar monótonamente, la india no podía entender aquellas palabras, quizás porque eran rápidas y bajas, quizás porque era en algún idioma ya olvidado. Y en un movimiento rápido y firme la vieja apoyo la mano cortada contra la herida del indio. El sintió la sangre caliente de su amor. Ella sintió algo tibio que luchaba por no irse.
Y ambos cerraron los ojos.
Colores y música volaron por su alrededor. El suelo de esfumo y todo lo físico pareció desvanecerse. Vieron árboles y chozas que no conocían, personas blancas vestidas con atuendos extraños, se vieron de mil formas. Presenciaron peleas y encuentros, muertes y nacimientos. Hijos que hacía años que no se encontraban entre los vivos. Muertos que caminaban a su lado con otros rostros. Pero se reconocieron, sus ojos siempre notaban el mismo brillo, sus labios transmitían la misma vibración, vieron una y otra vez sus caminos. Los cuales se cruzaban, siempre.
Y su cuerpo se sumió en un estado sublime que ni la planta más poderosa de la vieja shaman podía provocar. Una vibración que le recorría toda la superficie de su piel y que penetraba en su cuerpo. Ambos notaron al otro y lo reconocieron.
Cuando despertaron el sol lo iluminaba todo.


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