lunes, 8 de junio de 2015

El niño esqueleto

Al niño lo miran, porque es interesante. Al niño lo miran porque sufre algo que nadie quiere sufrir, él vive de la diversión ajena… porque alguien tiene que entretener.
El niño de ojos negros camina como puede, con sus delgadas piernas recorre los caminos. Y la gente lo ve, lo mira. Reconforta no ser como el niño. Tener hogar y cama. Tener.
Las sonrisas ya no pertenecen al mundo del niño, que vaga sin motivo de dicha. Esperando un aplauso que desprenda un pan. Ojos asombrados que cubren espanto. Manos flacas que se juntan para recolectar el poco trigo que los que se ganan el reino de Dios dejan caer.
El niño duele. Y a veces queda mal. Entonces fulanos anónimos y madres sin vientres lo apartan para que no moleste. Y el niño queda guardado en el frió. Limpiando su rostro con agua de sal. Apoyando sus sueños en almohadas de ladrillos. Mirando otros niños con almas, con padres.
Y así el niño deja de ser niño, y es número, recurso del obsceno.
Y uno se olvida del niño para ser feliz, para que la conciencia nos deje disfrutar de lo fugaz, y que un presente espirituoso nos colme. Que la mente aparte aquel rostro de cuencas oscuras y pómulos chupados, para no ver lo que no nos interesa cambiar. Para poder dormir otra noche más, y lamer sin asco nuestras llagas de miseria.
Pero el niño no está solo, lo siguen los fantasmas de otros niños, que durante las noches de hambre le hablan y le cantan. Para que por unas horas existan realidades de colores y gente con ojos sin lastima y sonrisas sin hipocresía.
Y ahora que el niño duerme alejémonos, para que al despertar piense que fuimos otro sueño alegre.

Apaguemos la máquina y sigamos con nuestras vidas.

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