domingo, 19 de octubre de 2014

Surrealismo

La caja vibraba sobre sus rodillas forradas en medias negras aunque nadie realmente se diera cuenta. Su ansiedad resultaba excesiva con respecto a lo que realmente podía pasar, aunque no estaba muy segura de aquello. Quizás si su escote hubiera sido mas insinuante el chofer hubiese visto a través del espejo que sus manos sobre la caja se apretaban formando regiones en sus dedos que variaban entre el blanco y el rojo; o también, en la misma situación, la mujer parada a no mas de un metro de ella, notablemente enojada con el muchacho sentado que se negaba tácitamente a entregarle el asiento, hubiese notado que su mirada intentaba ocultar el nerviosismo que la carcomía dentro.
No tenia realmente conocimiento de lo que aquella caja podía contener y su efecto con respecto al mundo. Calculo que alguien, ella calculo que seria el niño del segundo asiento, reiría; muchas personas se horrorizarían y mas de una gritaría alocada sin saber donde ir y perdiéndose en el mas profundo de los cosmos de la histeria.
Ella sabia que exageraba, el cartón podía contener muchas cosas pero los filos eran demasiados y mágicamente una sonrisa surco su cara.
Y como abriendo sus piernas por primera vez a un hombre, lentamente con temor y lujuria abrió la tapa de la caja.
Tuvo que cerrar los ojos para que el brillo no la aplastase, pero igual lo pudo escuchar. Eran mil flores estallando al son de la misma canción. Sentía que los bordes filosos de la caja temblaban mientras su contenido brotaba hacia la realidad y se fundía en ella.
Cuando las plumas comenzaron a acariciarle las mejillas no aguanto mas y entre una exclamación abrió los ojos. Las plumas eran manos que mágicamente se desvanecían al instante de brotar, junto a guirnaldas y caramelos. Comenzó a reír pero la emoción le corto la respiración y tubo que llevarse una mano a la boca para poder seguir viendo lo que estaba ocurriendo.
Las ventanas ya no eran más que gelatinas que temblando comenzaban a flotar, todo  comenzaba a desprenderse de la gravedad. Pelucas, carteras, perros, y pastilleros eran algunos de los artículos que pasaron por sus ojos.
Dirigió la vista hacia el techo pero no vio más que un vasto pasto verde que se extendía hacia el infinito, el verde lo llenaba todo y olía a miel.
Lejos escuchaba a alguien cantar, era un ritmo antiguo y era acompañado de aplausos y exclamaciones. Sintió ganas de saltar y bailar, de zapatear y sentarse en el pasto. Pero no solo el pasto estaba allá arriba y ella abajo sino que si se levantaba la caja se caería y eso no estaría bien ¿o si?
Quiso mirar la caja pero aquella ya no existía y con una extraña alegría vio que la camisa salmón que se había puesto esa mañana estaba abierta y que dejaba ver un enorme hoyo de donde brotaba música y magdalenas. Rápidamente tomo una y en tres mordiscos la había devorado. Sabia a gloria, a primer beso. Algo le chorreaba por la pera pero al cabo de un instante eso también se desvaneció.
De pronto sintió que algo enorme se avecinaba los sentía detrás de sus ojos como una presencia que lo podía todo y su corazón, donde sea que estaba, dio un vuelco de alegría cuando supo lo que venia.
Sintió que sus pezones se endurecían y que su pecho se ensanchaba de una manera casi dolorosa, y en un paso de baile bajo la cabeza y vio como salía una gran ballena limpia y perfecta. Sobre su piel se reflejaba el sol a través del pasto haciendo juegos de luces que parecían tatuajes móviles. Mientras aquel enorme animal salía de su pecho, se dio cuenta que los pasajeros había desaparecido y que solo ella podía presenciar aquella maravilla. Y sintiéndose sola y libre dio un salto y se desprendió de sus prejuicios y de las ataduras de su ropa. Mientras el viento le azotaba la cara y hacia que su pelo vibrara vio que un reino entero de animales la saludaba y que nada la tocaba mientras se encontrare allí. Río y grito con toda su garganta hasta que salieron luces por su boca.
Vio a lo lejos un marco cuadrado de madera clara, y atravesándolo paso a un mundo mas frío pero igual de hermoso lleno de macetas y sillones, donde un centenar de hormigas con carteles protestaban por un aumento de azúcar a las termitas. Girando rápidamente pasó por otro marco, este más redondo y de un color verde oscuro y al instante se encontraba en un océano basto y lleno de paraguas de colores. Y posándose sobre una mantarraya se dejo llevar por fiestas y palacios, fruterías y plazas donde la gente bailaba y dormía.
Hasta que vio ahí y pequeño un rectángulo lleno de gente sentada, viajando… vio un asiento vacío… y se quiso sentar ahí…
Y entonces convirtiendo la mantarraya en una caja de cartón, se sentó, tomo una magdalena y aguantando las ganas de comerla, la convirtió en una tapa cuadrada y con un suspira tapo la caja.
Nadie la miraba, todo seguía igual, con la diferencia que un niño en el segundo asiento se estaba riendo.