miércoles, 5 de marzo de 2014

El profanador

Cayó sobre piedras negras y blancas, estas últimas no eran grises como cualquier piedra, eran blancas como la nieve; con la misma textura y forma de las piedras comunes que uno puede encontrar en las plazas o en una construcción, pero blancas, blancas y negras.
Los colores estaban separados por una linea imaginaria, de un lado las blancas y al otro las negras y el se encontraba justo en el medio; aquella línea pasaba justo por debajo de su pecho.
Las piedras.
Ese era el primer indicio que algo no andaba bien, aquellas piedras eran un error, no eran del lugar. No eran de su lugar. En aquel sitio debía haber un pasto verde muy cuidado y mullido; en el cual el se quedaba con la mitad del rostro apoyado contemplando el horizonte verde…
Pero aquellas piedras lo lastimaban; tenía las palmas de las manos apoyadas y sentía cada piedra cada vez más puntiaguda.
Logro sentarse y al contemplar sus manos vio las marcas dejadas por las piedras, decenas de puntos hundidos en las palmas de sus manos. De aquellos hoyos comenzó a brotar una sangre roja oscura. El líquido al instante le cubrió las manos y comenzó a deslizarse por sus antebrazos.
El se había quedado inmóvil, totalmente bloqueado, contemplando lo que antes eran sus manos y ahora eran borrosas manchas negras.
La sangre tibia le goteaba por los codos cuando comenzó a escuchas los golpes. Eran estruendos enormes que lo hacían temblar todo. Y a pesar que se encontraba totalmente solo en ese lugar de piedras negras y blancas, con cada golpe sentía cosas vibrando a su alrededor, como si el lugar estuviera lleno de muebles y artefactos.
Con un ultimo estruendo su visión se oscureció y aquel mundo se contorsiono, sintió su cuerpo doblarse y que se hacia mas liviano; dejo de estar sentado para flotar en la nada, un vacío oscuro.
Extrañamente no sentía miedo, no sentía nada, su mente estaba bloqueada para pensar nada. Las piedras habían desaparecido y la mente le daba vueltas.
Los golpes, sin embargo, continuaron acompañados de un murmullo, como el repiqueteo de miles de dedos a la vez.
Su cuerpo finalmente quedo firme y supo que estaba acostado, de a poco la nada se tornaba llena de siluetas y los ruidos se hacían más vivos.
La realidad tomo forma. Estaba acostado y en su cama; aquellas formas desaparecieron nuevamente pero supo que era porque aun permanecía con los ojos cerrados.
Un nuevo golpe lo despertó mas, el trueno hizo vibrar todo nuevamente.
Permaneció un instante así, con los ojos cerrados, disfrutando del dulce sosiego de la lluvia. Aquella sensación de estar caliente en una cama mullida, mientras que afuera la lluvia y el frío reinaba, lo reconforto; sin embargo una puntada en el bajo vientre le indico que no seguiría durmiendo a no ser que visitara el baño.
Se encontraba tumbado del lado izquierdo, lo que le indicaba que tenia frente a el la ventana. La habitación se le represento en completo dentro de su mente. La cama con casi toda la sabana blanca en el piso, la pared frente a el de un tono violeta suave idea de la antigua inquilina, la ventana de dos hojas y cortinas blancas; recordó que la había dejado con la persiana a medio subir y con las hojas abiertas a causa del calor.
Pudo ver en su mente como la lluvia caía, la vio gracias al faro del vecino, el de el ya hacia rato que se había quemado.
Pero al abrir los ojos la imagen fue diferente, en centro de la ventana y con un fondo mas blanco de lo esperado pudo distinguir una figura. Al principio no la vio con claridad pero cuando sus ojos se acostumbraron a la nueva luz pudo descifrar a una mujer que lo miraba fijamente.
No grito, la reacción en su totalidad pasó en su interior; al instante sintió como su corazón golpeaba violentamente su pecho. Aquella imagen duro una fracción de segundos pero fue suficiente para que por unos segundos quede grabada en su retina. La mujer en si  no poseía nada espectral típico de las películas o cuentos de terror. No se encontraba cubierta de sangre ni se encontraba con una mueca grotesca. Simplemente se trataba de una señora con ropajes blancos que lo miraba fijamente desde afuera con ojos hundidos en cuencas oscuras y un rostro lleno de arrugas. Una fina capa de sudor le cubrió el cuerpo.
Cuando pudo reponerse se sentó en el borde de la cama, se froto con las manos la cara en un intento de despabilarse y decidió que lo mejor seria ir al baño y lavarse la cara.
Busco con los pies las pantuflas pero al no encontrarlas termino yendo descalzo. Al salir al comedor algo dentro de su cabeza seguía en modo alarma y esperaba encontrar algo mas, su mente, aturdida aun, trataba de buscarle una lógica a todo; el sueño de las piedras, sus manos sangrando, la vieja en la ventana…
Un relámpago ilumino el lugar y comprobó que no había nada, ni fuera ni dentro; nada fuera de lo común. El fogonazo de luz blanca no calmo su corazón pero al menos no le dio motivos para acelerarlo más.
Camino hacia la puerta del baño que se encontraba entornada pero un alarido lo dejo inmóvil y con la mano a centímetros de la cerradura. Era un sonido horrible que nunca había escuchado en vivo. A pesar de ello pudo distinguirlo como un grito de un chancho. Supo que un chillido así lo provoca un degüelle, su cerebro le mostró un chancho colgado con un cuchillo en la garganta, vio la sangre que caía por la quijada del animal y un nudo en la garganta le corto la respiración. Nunca había visto algo así pero su mente poseía esa imagen; cerró los ojos pero la imagen permaneció allí por unos segundos más. El sonido duro un instante incluso menos que el relámpago pero  le desgarro el estomago y le causo un escalofrío. Comenzó a temblar y en un acto reflejo apretó los dientes, algo que hacia a menudo cuando se encontraba tensionado, pero lo que sintió fue la pastosa sensación de sus encías vacías al apretarse. Desesperado pasó la lengua por donde tendrían que estar sus dientes pero lo único que encontró fueron pequeños hoyos con el gusto metálico y salado de la sangre.
El pánico lo invadió. Metió sus dedos en la boca con la esperanza que aquello no sea más que un error pero solo fue peor. El tacto de los dedos con el vacío de sus dientes fue la peor sensación que había sentido. En un último impulso dio un paso hacia el baño para ver los que sus dedos y lengua le informaban pero volvió a quedarse inmóvil con la mano a centímetros del picaporte. Algo le decía que la imagen resultaría peor y si aun no estaba loco eso lo haría realidad.
Pasó sus manos por su pelo, las cuales temblaban ya de un modo convulso. Quiso poner en orden sus pensamientos pero ninguno de ellos se quedaba inmóvil, su mente daba vueltas; la irrealidad de la situación lo atormentaba de manera implacable.
Afuera la lluvia había empeorado, podía escuchar las gotas chocar contra los vidrios de la ventana del comedor y el viento azotar los rosales del patio. Los relámpagos iluminaban constantemente el lugar creando sombras alargadas que parecían cambiar de forma con cada trueno.
El nudo se desato y ahora era su garganta la que gritaba, gritaba y lloraba; nunca en toda su vida había llorado de aquella manera. Respiraba de a espasmos para seguir llorando con una angustia que lo envolvía todo; como si toda la tristeza del mundo existiera esa noche en su pecho.
Se sintió presa de algo que no conocía y que lo calaba hasta los huesos, el terror aumento. Su mente seguía bloqueada para pensar en nada. Cuando por fin se quedo quieto estaba hecho un ovillo en el suelo frío de su comedor.
Volvió a ponerse de pie y respiro hondo, mantenía la mandíbula levemente abierta para no sentir la ausencia de sus dientes. Cuando sus ojos se liberaron de las lagrimas el cuarto se ilumino nuevamente.
Esta vez no se trataba de un relámpago; era una luz blanca que iluminaba todo pero que, sin embargo, no lo segaba. Al instante vio lo que tenia que ver, aquella luz le quería mostrar algo y estaba en su mesa del comedor.
Se trataba de un cráneo humano sin mandíbula, con restos de tierra y varios mechones de cabello aun adherido a retazos de piel en descomposición. Aquello lo desconcertó aun más. Reconocía aquel hueso y sabia de donde provenía pero era imposible que se encontrara en su mesa.
Aquello era el resultado de su última visita al cementerio de la ciudad, aun tenia que limpiarlo para entregarlo recién en tres días. Recordó que había buscado durante mas de una hora la maldita mandíbula pero sin ningún éxito y aunque sabia que aquello bajaría su valor decidió llevarla igual.
Recordó también que aquel cráneo tendría que estar, junto con otros huesos, dentro de su mochila debajo del alero de su patio. Pero se encontraba en su mensa, mirándolo a través de sus cuencas vacías. Los truenos habían cesado y no se escuchaba nada, ni lluvia ni viento. Había vuelto a un vacío pero en su comedor.
Como movido por un impulso dio tres paso y avanzo su mano con un movimiento brusco para tirar de la mesa aquel hueso, pero su mano siguió de largo y la habitación volvió a estar a oscuras.
Un frío lo envolvió, la lluvia y los truenos volvieron. La ausencia de luz lo hizo sentir desprotegido y comenzó a temblar nuevamente.
Miro la mesa para comprobar lo que ya sospechaba, y efectivamente la calavera no estaba. Su mente poco a poco iba liberándose de la bruma que la aturdía y tuvo un único pensamiento. “esto es un sueño”
De inmediato corrió a su habitación y quedo nuevamente inmóvil. Un relámpago ilumino el cuarto para mostrarlo durmiendo boca arriba sobre su cama, tenia el brazo derecho sobre su cabeza y la boca levemente abierta.
La imagen lo impacto y le corto el aire. Su teoría estaba siendo confirmada; aquello era solo un sueño y tenia que despertar. Solo que aquello resultaba muy real, demasiado real.
Lentamente se fue acercando a la cama mientras no despegaba sus ojos de su otro yo dormido. La visión lo fascinaba, aquello era algo increíble.
De pronto callo en un detalle: ¿como se suponía que despertaría?
Cerro los ojos y se imagino aun tendido en la cama pero al abrirlos seguía parado junto a ella, descalzo y temblando de frío. Una desesperación nació en su pecho, y un murmullo de eterno horror comenzó a morderle la conciencia.
Intento tocarlo pero solo logro atravesar todo y cama.
Grito. Bramo juntando cada vez más aire. Pero nada daba resultado; su otro yo seguía tendido y no daba señas de percibir siquiera el mas leve sonido.
“¡DESPIERTA!” grito nuevamente y esta vez sintió como le dolía la garganta. Algo ocurriría, estaba seguro. Vería como abriría los ojos y su mundo temblaría nuevamente, quizás le dolería la garganta al otro día, o el cuerpo ¿Qué mas daba? Lo importante era terminar con aquella pesadilla.
Se acerco aun mas a su rostro, casi lo podía tocarse con la nariz. Y aguantando la respiración aguardo. Luego de lo que le pareció una eternidad sintió un movimiento en los parpados de su otro yo y noto como su labio inferior temblaba levemente. Acerco su oído con su corazón agitándole el pecho y escucho.
Su yo dormido emitió un sonido casi imperceptible, como un quejido, un suspiro. Y eso fue todo. El arrullo de la lluvia lo volvió a envolver todo. Fue cuando escucho el tercer alarido, no distinguió si se trataba de un hombre o una mujer, solo que se trataba de un dolor abrumador. No algo físico, sino algo más desgarrador. Fue el grito de una madre al ver morir a su hijo, el de un novio a quien le arrebatan su amada. Aquel sonido fue breve pero logro su cometido.
Miro nuevamente su rostro dormido y vio que lloraba, las lágrimas caían y se perdían en su nuca. Entendió entonces que había estado trabajando con cosas que no comprendía, que estaba pagando y pagaría por su ignorancia. Supo, con un vacío en su alma, que jamás volvería a ver la luz del sol; aquella noche seria eterna.


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