viernes, 2 de agosto de 2013

Blanco resplandor

El olor a tierra mojada le llenaba los pulmones y el barro le llegaba a la mitad de las botas.
Llevaba caminando poco mas de media hora y la bolsa de arpillera ya se le tornaba incomoda; mil veces se planteo la posibilidad de dejarla en aquel sitio, ya a esas alturas seria difícil encontrarla, o por lo menos tardarían en hacerlo. Pero no era lo que había planeado, no era el resultado de tantas horas de análisis.
No, nada de eso; la bolsa y su contenido tenia que llegar a su destino; y, de ese modo darle finalmente tranquilidad y paz.
Noto que su respiración era más agitada y pesada, la oscuridad ya lo envolvía cada vez más y más. Sin embargo no estaba perdido, conocía a la perfección aquel páramo, cada roca, cada esquelético árbol; sabia muy bien donde tenia que doblar y por que lugares no ir. Estaba solo, eso era seguro.
Llego a lo que parecía una pendiente muy abrupta, no más de tres metros, pero para sus ojos en aquella noche parecieron un abismo negro, profundo y eterno. Allí se encontraba la solución.
Aquel sitio oscuro y cerrado era capaz de absorber todo, de cubrir todo en el olvido, cicatrizar cualquier laceración. Aquel lugar lo salvaría.
Coloco la bolsa delante de sus piernas y por unos minutos quedo inmóvil recuperando el aire. Respiro hondo y levanto la bolsa con ambas manos; luego con un leve impulso la dejo caer en el vacío.
Fueron unos segundos donde el tiempo se detuvo; la sensación de victoria la envolvió, relajo todo su rostro formando unas facciones que al mismo lo hubiesen asustado.
Todo había terminado.
Aquel alivio le erizo los pelos y un escalofrío recorrió su cuerpo.
Había ganado; nadie lo detuvo.
Aquella sensación de victoria se deformo en soberbia, era superior; su trabajo iba a quedar en la total impunidad. Estaba punto de reírse cuando algo ocurrió.
La realidad se le presento con toda un realidad, fría y cruda.
Había sido un instante, segundos que fueron suficientes para que el lo viera. Vio la muerte de forma brillante, sangre que parecía plata. Aquel rostro sin vida que le había suplicado clemencia se iluminaba para mostrarle su obra.
Aquella luz blanca lo derrumbo.
Sus manos temblaban mientras sus retinas aun conservaban la figura blanca y muerta.
El peso fue demasiado y lo tumbo; el llanto fue repentino y lo ahogo. Su cuerpo se sacudía sin control, una carga muy pesada le contorsionaba el estomago provocándole arcadas.
Unas hora después aquella luz volvió a iluminar todo, pero el con su cuerpo aun en la tierra estaba demasiado lejos para verlo.

                                                                         

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